Salud mental
La evidencia es amplia, está en disputa en los detalles y es clara en su dirección. Aquí está lo que está establecido, lo que es realmente incierto y lo que Facebook sabía.
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Lo que está bien establecido
Los adolescentes que pasan más de tres horas al día en redes sociales tienen una probabilidad significativamente mayor de reportar síntomas de ansiedad y depresión: un estudio de cohorte en Estados Unidos con 6,595 adolescentes encontró que las probabilidades de tener problemas internalizantes (síntomas de ansiedad y depresión) eran alrededor de un 60% más altas con tres a seis horas al día que sin ningún uso, y aproximadamente el doble para los problemas internalizantes y externalizantes juntos. Un amplio estudio de cohorte del Reino Unido encuentra que la asociación es más fuerte en las adolescentes que en los adolescentes. Estos hallazgos aparecen en varios estudios grandes en Estados Unidos, el Reino Unido y otros países; la correlación en sí no se discute seriamente. Algunos estudios encuentran que desplazarse pasivamente por la pantalla —consumir sin interacción social activa— se relaciona con más fuerza con resultados negativos que el uso social activo, pero ese hallazgo está en disputa: una revisión de 2022 de 40 estudios de encuesta encontró que la mayoría no lo confirmaba.
Uso pasivo (passive use)
Consumir contenido sin interactuar: desplazarse, ver, leer, pero sin publicar ni enviar mensajes. Los estudios lo distinguen del uso activo (conversar, compartir con gente que conoces). Una revisión de 2017 encontró que el uso pasivo es la forma que se asocia de manera más constante con un menor bienestar, aunque esto está en disputa: una revisión de 2022 de 40 estudios de encuesta encontró que la mayoría no respaldaba esa relación. Donde se cumple, la razón probable es que el uso pasivo consiste sobre todo en compararse con quienes parecen estar mejor, sin nada de la conexión que hace que el contacto social sea reparador.
Fuentes
- Verduyn, P. et al. (2015), Passive Facebook usage undermines affective well-being, Journal of Experimental Psychology: General 144(2).
- Verduyn, P. et al. (2017), Do Social Network Sites Enhance or Undermine Subjective Well-Being? A Critical Review, Social Issues and Policy Review 11(1).
- Valkenburg, P.M., van Driel, I.I. & Beyens, I. (2022), The associations of active and passive social media use with well-being: A critical scoping review, New Media & Society 24(2).
El momento es la parte más discutida del argumento. Según los indicadores que reúne Jonathan Haidt, la salud mental de los adolescentes en Estados Unidos, el Reino Unido y otros países de ingresos altos empezó a deteriorarse hacia 2012, los años en que los teléfonos inteligentes llegaron a la mayoría de los adolescentes estadounidenses (el 37% tenía uno en 2012 y el 73% tenía acceso a uno a principios de 2015, según las encuestas del Pew Research Center) y las redes sociales se volvieron su principal actividad de ocio. Su síntesis en The Anxious Generation (2024) documenta cómo coinciden distintas fuentes de datos y distintos países; sus críticos, más abajo, sostienen que esa coincidencia es más débil de lo que parece y que el momento no demuestra la causa.
Lo que Facebook sabía
En 2021, Frances Haugen entregó documentos internos de investigación de Facebook al Wall Street Journal y al Congreso estadounidense. Los documentos mostraban que los propios investigadores de Facebook habían encontrado que, entre las adolescentes que ya se sentían mal con su cuerpo, una de cada tres decía que Instagram la hacía sentir peor; el título de la diapositiva era “Empeoramos los problemas de imagen corporal de una de cada tres adolescentes”. Un estudio interno de 2019 encontró que, entre los adolescentes que reportaron ideación suicida, el 13% en el Reino Unido atribuía a Instagram el origen de su deseo de quitarse la vida. La empresa lo sabía. El producto siguió adelante. La respuesta de Meta fue que la investigación estaba pensada para la discusión interna, que parte de ella se basaba en apenas 40 adolescentes y que no medía relaciones causales. Todo eso es cierto, y nada de eso toca lo esencial: las diapositivas importan como evidencia de lo que la empresa sabía, no como un estudio clínico.
Los documentos de Haugen son evidencia de fuente primaria: no la acusación de un crítico, sino las conclusiones de la investigación de la propia empresa. Muestran que los hallazgos se discutían internamente y se minimizaban en público, y que las soluciones que propusieron los investigadores no se adoptaron a gran escala.
El debate: Haidt contra Orben
El debate científico sobre la causalidad es real. Amy Orben y Andrew Przybylski, del Oxford Internet Institute, han publicado críticas influyentes que sostienen que el tamaño del efecto en la mayoría de los estudios es pequeño y que la evidencia correlacional no establece la causalidad. Su artículo de 2019 encontró que la asociación entre el uso de tecnología digital por parte de los adolescentes (redes sociales incluidas) y su bienestar era comparable en tamaño a la de usar lentes o comer papas.
Tamaño del efecto (effect size)
Una medida de qué tan grande es una relación, aparte de si es estadísticamente real. Buena parte de la disputa gira en torno a esto: un hallazgo puede ser muy significativo en lo estadístico (muy poco probable que sea casualidad) y aun así pequeño en términos prácticos. Si el efecto medido de las redes sociales en el bienestar de los adolescentes es “pequeño” o “relevante a escala de población” es un desacuerdo genuino sobre cómo valorar los mismos números.
Fuentes
- Orben, A. & Przybylski, A.K. (2019), The association between adolescent well-being and digital technology use, Nature Human Behaviour.
Jonathan Haidt y Jean Twenge sostienen que estas críticas subestiman la evidencia y que las decisiones metodológicas que tomaron Orben y Przybylski minimizaron el tamaño del efecto. La disputa sigue abierta en la literatura académica: la reseña de Candice Odgers sobre The Anxious Generation en Nature sostiene que la evidencia sobre el momento es más débil de lo que presenta el libro, y que otras causas del deterioro siguen en juego. Del lado de los críticos, un metaanálisis de 2022 de Christopher Ferguson y sus colegas, con 33 estudios, encontró solo asociaciones pequeñas entre los medios de pantalla y la salud mental. Del otro lado, los dos estudios más cercanos a un experimento apuntan en la misma dirección: desactivar Facebook durante cuatro semanas, con asignación aleatoria, mejoró un índice de bienestar en 0.09 desviaciones estándar, y la llegada escalonada de Facebook a las universidades de Estados Unidos fue seguida por un aumento de 0.085 desviaciones estándar en la mala salud mental. Son efectos pequeños, en adultos, pero en la dirección que sugieren las correlaciones.
La posición honesta, que este sitio sostiene: la correlación entre el uso intensivo de redes sociales y peores resultados de salud mental está establecida en varios estudios. La causalidad está en disputa. La dirección de la evidencia es lo bastante clara como para actuar, sobre todo por lo que muestran los documentos internos de las plataformas sobre su conocimiento del daño.
La vía del sueño
Hay un camino entre el uso intensivo y una peor salud mental que está mejor documentado que los demás: el sueño. Un metaanálisis de 20 estudios con 125,198 niños encontró que usar un teléfono o una tableta a la hora de dormir se asociaba con dormir demasiado poco (razón de momios 2.17), dormir peor y tener sueño durante el día, y que el simple hecho de tener un dispositivo en la habitación, aun sin usarlo, se asociaba con lo mismo (razón de momios 1.79 para dormir demasiado poco). Una revisión sistemática de 42 estudios con jóvenes de 16 a 25 años encontró el mismo patrón en tres partes: el uso intensivo de redes sociales va con dormir mal, y dormir mal va con ansiedad y depresión; por eso el sueño es el mediador más plausible. Son asociaciones en estudios observacionales, no pruebas de causa; pero son constantes, grandes, y apuntan a un solo cambio en casa —el teléfono fuera de la habitación por la noche— que no cuesta nada probar.
Por qué “no adicción, sino diseño”
Presentar el uso intensivo de redes sociales como “adicción” suele ser inexacto, y es contraproducente. Un estudio de 2025 en Scientific Reports encontró que los usuarios de Instagram que veían su uso intensivo como una adicción, y no como un hábito, se sentían menos capaces de controlarlo; que la mayoría de quienes se consideraban adictos no cumplía los criterios clínicos; y que el uso poco cuidadoso de la palabra por parte de medios e instituciones alimenta esa sobreestimación. La forma precisa de decirlo es: el producto fue diseñado para ser así de cautivador. Ese cambio de enfoque preserva la capacidad del usuario de responder.
Cómo lo sabemos: por qué la correlación es sólida pero la causalidad sigue en disputa
La mayor parte de la evidencia es transversal: mide el uso de redes sociales y el bienestar en un solo momento y encuentra que están asociados. Eso no puede indicar la dirección: si lo que se ve en las redes empeora el ánimo, si el ánimo bajo lleva a pasar más tiempo en ellas, o si un tercer factor impulsa ambas cosas. Ese es el núcleo de la crítica de Orben y Przybylski. Su análisis, muy citado, usó una “curva de especificación” (specification curve): corrió miles de variantes defendibles del modelo para mostrar que la asociación media medida es pequeña y sensible a las decisiones de análisis.
Qué lo resolvería y por qué es difícil. Hay diseños más sólidos —grandes cohortes longitudinales que siguen a los mismos niños durante años, y reducciones del uso asignadas al azar— para adultos (el experimento de desactivación y el estudio de la llegada a las universidades, ya mencionados), y para niños tardan en llegar, porque asignar al azar el uso de redes sociales de niños durante periodos largos es complicado en lo ético y en lo práctico. Por eso el debate sigue, y de buena fe.
Por qué aun así decimos “hay que actuar”. Dos cosas inclinan la balanza sin resolver la pregunta académica: la evidencia sobre el momento en distintos países (la síntesis de Haidt) y los documentos de Haugen. Las propias encuestas de Facebook no zanjan la cuestión científica; no son más sólidas que los estudios publicados. Lo que muestran es una conducta: la empresa vio la señal y el producto siguió adelante. Ningún debate sobre el tamaño del efecto toca eso, y es lo que lleva esto de “correlación interesante” a “motivo para actuar”.
Fuentes
- Carter, B., Rees, P., Hale, L., Bhattacharjee, D. & Paradkar, M. S. (2016), Association Between Portable Screen-Based Media Device Access or Use and Sleep Outcomes: A Systematic Review and Meta-analysis, JAMA Pediatrics 170(12) — 20 estudios, 125,198 niños; uso a la hora de dormir: OR 2.17 para cantidad de sueño insuficiente, 1.46 para mala calidad, 2.72 para somnolencia diurna; acceso sin uso: OR 1.79, 1.53, 2.27.
- Alonzo, R., Hussain, J., Stranges, S. & Anderson, K. K. (2021), Interplay between social media use, sleep quality, and mental health in youth: A systematic review, Sleep Medicine Reviews 56 — 36 estudios transversales y 6 prospectivos; la mala calidad del sueño como probable mediadora entre el uso excesivo y la ansiedad o la depresión.
- Madden, M., Lenhart, A., Duggan, M., Cortesi, S. & Gasser, U. (13 de marzo de 2013), Teens and Technology 2013, Pew Research Center — encuesta a 802 adolescentes estadounidenses de 12–17 años, julio–septiembre de 2012: el 37% tiene un teléfono inteligente.
- Lenhart, A. (9 de abril de 2015), Teens, Social Media & Technology Overview 2015, Pew Research Center — adolescentes estadounidenses de 13–17 años, de septiembre de 2014 a marzo de 2015: el 73% tiene acceso a un teléfono inteligente.
- Haidt, J. (2024), The Anxious Generation, Penguin Press.
- The Facebook Files — documentos internos revelados por Frances Haugen, Wall Street Journal y Congreso de Estados Unidos, 2021.
- Raychoudhury, P. (Meta, 26 de septiembre de 2021), What Our Research Really Says About Teen Well-Being and Instagram — la respuesta de la empresa al Wall Street Journal.
- Orben, A. & Przybylski, A.K. (2019), The association between adolescent well-being and digital technology use, Nature Human Behaviour.
- Verduyn, P. et al. (2015), Passive Facebook usage undermines affective well-being, Journal of Experimental Psychology: General 144(2).
- Valkenburg, P.M., van Driel, I.I. & Beyens, I. (2022), The associations of active and passive social media use with well-being: A critical scoping review, New Media & Society 24(2).
- Kelly, Y., Zilanawala, A., Booker, C. & Sacker, A. (2018), Social Media Use and Adolescent Mental Health: Findings From the UK Millennium Cohort Study, EClinicalMedicine 6 — 10,904 adolescentes de 14 años; la asociación con síntomas depresivos fue mayor en las adolescentes que en los adolescentes.
- Ferguson, C.J., Kaye, L.K., Branley-Bell, D. et al. (2022), Like this meta-analysis: Screen media and mental health, Professional Psychology: Research and Practice 53(2), 205–214 — 37 tamaños de efecto de 33 estudios publicados entre 2015 y 2019.
- Allcott, H., Braghieri, L., Eichmeyer, S. & Gentzkow, M. (2020), The Welfare Effects of Social Media, American Economic Review 110(3), 629–676 — desactivación de Facebook durante cuatro semanas con asignación aleatoria; el índice de bienestar subjetivo mejoró 0.09 desviaciones estándar.
- Braghieri, L., Levy, R. & Makarin, A. (2022), Social Media and Mental Health, American Economic Review 112(11), 3660–3693 — la llegada escalonada de Facebook a las universidades de Estados Unidos; el índice de mala salud mental subió 0.085 desviaciones estándar. Cuasiexperimental, no aleatorizado.
- Odgers, C.L. (2024), The great rewiring: is social media really behind an epidemic of teenage mental illness?, Nature 628 — la principal reseña crítica del libro de Haidt.
- Riehm, K.E. et al. (2019), Associations Between Time Spent Using Social Media and Internalizing and Externalizing Problems Among US Youth, JAMA Psychiatry 76(12) — el hallazgo de “más de tres horas al día”.
- Anderson, I.A. & Wood, W. (2025), Overestimates of social media addiction are common but costly, Scientific Reports.
- Twenge, J.M., Haidt, J., Joiner, T.E. & Campbell, W.K. (2020), Underestimating digital media harm, Nature Human Behaviour 4, 346–348.