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Consumismo

El consumismo siempre estuvo ahí. La máquina de atención lo volvió fluido, continuo y personalizado.

Cómo leer esta página. Toca cualquier palabra subrayada para ver el término académico preciso y una definición breve. Abre cualquier recuadro “Más a fondo” para ver la evidencia y los puntos en discusión. El texto principal se sostiene solo: puedes saltarte ambos y aun así entender todo el argumento.

Primero llegó la infraestructura

El modelo comercial de publicidad basada en la vigilancia se estableció antes de que existieran las redes sociales. DoubleClick (1996) empezó a seguir a los usuarios de un sitio web a otro con cookies. Google AdWords se lanzó en octubre de 2000 y, a partir de febrero de 2002, vendía esos anuncios mediante una subasta, con precio por clic. Así, pagar por atención se volvió el modelo de ingresos por defecto del internet comercial. La maquinaria del consumismo basado en la vigilancia se construyó como infraestructura comercial; después, las plataformas de redes sociales la llevaron a tres mil millones de personas.

Cómo las redes sociales se volvieron una máquina de comprar

El sistema publicitario de Facebook, lanzado en 2007, permitía a los anunciantes dirigirse a los usuarios según su edad, su ubicación y los intereses tomados de sus perfiles. Ese verano el iPhone había salido a la venta, y Apple lo vendía como “internet en tu bolsillo”. Entre 2013 y 2015, los investigadores habían demostrado que los “me gusta” de Facebook, por sí solos, podían predecir la personalidad, las ideas políticas y la orientación sexual de una persona y, en el caso de la personalidad, con más precisión que sus propios amigos. El paso de la segmentación demográfica a la segmentación psicográfica fue importante: en lugar de “mujeres de 25 a 34 años”, los anunciantes podían dirigirse a “mujeres de 25 a 34 años que hace poco buscaron calzado para correr y cuya red social sugiere que son competitivas”. El producto no son los datos demográficos. Es la predicción individual.

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Segmentación psicográfica (psychographic targeting)

Dirigirse a las personas según rasgos psicológicos inferidos —personalidad, valores, ansiedades— en lugar de datos demográficos como la edad o la ubicación. Un estudio controlado que llegó a más de 3.5 millones de personas encontró que los anuncios adaptados a la personalidad de cada persona generaron hasta un 40% más de clics y hasta un 50% más de compras que los anuncios no adaptados. La misma técnica que vende calzado para correr puede vender un mensaje político.

Fuentes

En 2012 Facebook compró Instagram, una app creada para compartir fotografías desde el celular. La economía de los influencers surgió de esta infraestructura. Los influencers no solo promocionan productos: ofrecen prueba social. La validación social que da significado a los “me gusta” y a los seguidores también hace que una compra de alguien a quien sigues se sienta distinta de ver un anuncio. La compra parece respaldada por tu entorno, no empujada por una empresa. La diferencia es fabricada, pero funciona.

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Prueba social (social proof)

La tendencia a tomar el comportamiento de otras personas como prueba de lo que conviene hacer, sobre todo cuando hay incertidumbre y sobre todo cuando esas personas se parecen a nosotros. Un influencer convierte un mensaje comercial en lo que parece el comportamiento de un igual, y el cerebro le da a eso mucho más peso que a un anuncio. Lo que persuade es el respaldo; el producto es casi secundario.

Fuentes

  • Cialdini, R. (1984), Influence: How and Why People Agree to Things, William Morrow.

Las compras dentro de la app —Instagram y Facebook desde 2019 y 2020— redujeron a cero la distancia entre el contenido y la compra. Ves, quieres, compras, sin salir de la plataforma. La fricción que antes daba una pausa para pensarlo se elimina a propósito.

La dimensión ambiental

La moda rápida (fast fashion) —el sector al que más directamente sirve la cadena que va del influencer a la compra— tiene un costo ambiental alto en emisiones, agua y residuos textiles. (Cifras llamativas como “10 por ciento de las emisiones mundiales de carbono” y el teñido textil como “el segundo mayor contaminante del agua”, que dio el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) en 2018, han sido cuestionadas por estar mal sustentadas, y esa misma página del PNUMA da ahora entre 2 y 8 por ciento, así que no nos apoyamos en ellas; la dirección no está en duda, las cifras exactas sí.) Las plataformas optimizadas para el engagement amplifican el contenido que empuja a una compra, incluidas las compras que se venden como sostenibles; el único mensaje que ningún anunciante paga por difundir, comprar menos, no tiene presupuesto detrás.

La conexión entre la economía de la máquina de atención y el daño ambiental es estructural, no accidental. Un sistema que gana dinero con deseos creados y satisfechos lo más rápido posible no tiene ningún mecanismo para tomar en cuenta lo que cuesta fabricar y desechar esos deseos.

Lo que muestra la investigación

La encuesta de Sharif y Khanekharab de 2017 a 501 adultos jóvenes encontró asociaciones entre el uso intenso de redes sociales, la compra compulsiva y niveles más altos de materialismo. El mecanismo tiene nombre: comparación social. Ver las posesiones, los estilos de vida y el consumo de otras personas crea puntos de referencia que hacen que lo que ya tienes parezca insuficiente. Este mecanismo existía antes de las redes sociales —las revistas y la televisión cumplían la misma función—, pero la personalización, el volumen y la fluidez del feed le dan un alcance y una constancia que ninguna revista tuvo. Cuánto añade eso al efecto todavía se está midiendo.

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Comparación social (social comparison)

El hallazgo de Festinger: las personas se evalúan comparándose con otras y, cuando no hay criterios objetivos, la comparación es lo que tenemos a mano. Un feed es un flujo interminable de comparaciones hacia arriba —los mejores momentos de otros, cuidadosamente seleccionados— frente a tu propia vida común y corriente, sin seleccionar. El punto de referencia sube y ya no baja; la satisfacción con lo que tienes cae.

Fuentes

Cómo lo sabemos — qué significa aquí “asociaciones” y qué no

Los hallazgos sobre consumo —los vínculos entre un uso más intenso de redes sociales, el materialismo y la compra compulsiva— son en gran parte correlacionales. Muestran que las variables se mueven juntas; por sí solos no prueban que el feed cause el materialismo y no, por ejemplo, que las personas materialistas usen más el feed. El mecanismo de comparación con los demás (Festinger) y la evidencia sobre la segmentación personalizada (Matz et al.) hacen plausible una explicación causal, pero la literatura sobre consumo, en concreto, es más débil en cuanto a causalidad que, por ejemplo, el trabajo experimental sobre segmentación.

Lo que es sólido. Que la segmentación psicográfica cambia el comportamiento de compra tiene evidencia de campo detrás, no solo una correlación: experimentos que llegaron a más de 3.5 millones de personas. Su diseño no asignó al azar quién veía qué anuncio, y otros investigadores sostienen que eso deja abierto cuánto de la diferencia causó la segmentación en sí; los autores responden que es muy poco probable que la forma en que la plataforma entrega los anuncios explique los efectos. Que compararte con personas a las que parece irles mejor suele dejarte peor está bien establecido: un metaanálisis de más de sesenta años de investigación encontró que las personas prefieren las comparaciones hacia arriba aunque “el resultado más probable es un contraste que rebaja la propia imagen”. Lo que está menos resuelto es el tamaño de la contribución específica del feed, por encima de la base que ya ponían las revistas y la televisión antes que él.

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